No soy de los que hace listas al comenzar el año con todos los objetivos que pienso cumplir durante el mismo, pues pienso que es recetarse un mal comienzo, pero sí me pasa que a finales del año me encuentro un poco apurado tratando de cumplir con lo que me comprometí durante los 12 meses anteriores. En general trato de no crear temas tan específicos como «me voy a fumar un cigarro equis», sino algo más como «voy a fumar más cigarros de tal ubicación», aunque también sería muy idiota de mi parte decir que mis (únicas) metas son relacionadas con el tabaco. La más común es la de leer más y tengo un par de años diciendo que quiero mantener el mismo hábito de lectura, con el que no me ha ido mal (alrededor de 30 libros al año). Pero este año sí me comprometí a probar todos los productos de Libertadores Cigars, particularmente porque los hace mi amigo Marcos Morales (Tavesa) y fui parte del proceso creativo que los vio nacer.

Este Libertadores de capa Connecticut se ve bastante rústico e imperfecto en su capa, con un color que, aunque es uniforme, no parece ser de los tonos tan comunes de su origen. No obstante, tiene aromas en la capa que realmente lo distinguen, como nuez moscada, cuero, gingerbread (un tipo de galleta americana con jengibre) y vainilla, de los cuales algunos se repiten en la tripa, destacando vainilla y cuero sobre todo, con algunas notas más suaves de madera. Finalmente, luego de picarlo con la doble hojilla, la calada en frío presenta notas repetidas, que incluyen nuez moscada y una madera más acentuada. Hasta el momento no hay mucho que me lleve a pensar que este Connecticut será diferente, pero ante el hecho que tantos de los que han fumado los Libertadores han vanagloriado al de capa San Andrés, quiero pensar que este Connecticut será superior.

Por lo pronto quema muy bien y tiene un tiro ideal, produciendo un anillo de combustión bastante recto y una ceniza sólida para sus dimensiones. Los sabores son particulares y predecibles, dado en parte a que el capote y tripa del cigarro son los mismos que en su edición de capa San Andrés y Habano, pero incluyen vainilla y nuez moscada como aporte de la capa, así como madera y café. Pero a mediados del primer tercio hay un sabor que no me esperaba y es el de banana, que es más como la cáscara de esta fruta, muy tenue pero presente sin lugar a dudas. Mantiene este sabor afrutado durante gran parte de la fumada, aunque siempre a un punto bastante sutil.

En el segundo tercio hay una sorpresa en forma de chocolate malteado, o mejor dicho, con sabor a chocolate malteado, pues ni modo que el humo tenga forma, ¿no? En efecto, es un sabor como del chocolate que se toma en bebidas achocolatadas, al mismo nivel de ese sabor de banana que sentí antes y que en este tercio ya comienza a disiparse. Le acompañan los mismos sabores de madera y vainilla del tercio anterior, pero también hay un sabor a cuero en el retrogusto. A partir de la mitad del cigarro ese sabor a madera toma un matiz más tostado, como de ese aroma a caramelo que hay en la madera que se está quemando, al tiempo que el tiro, quemada, anillo de combustión y ceniza se siguen comportando bastante bien.

Finalmente, en el último tercio, la mayoría de los sabores han desaparecido. Hay notas de madera como las más destacadas, acompañadas de una esencia muy leve de nuez moscada y el cuero sigue en el retrogusto, pero la fumada no es tan agradable y eso no es algo que hubiese querido sentir. En términos técnicos se sigue comportando de maravilla y yo sigo pacientemente fumándolo hasta el final, el cual llega una hora y 20 minutos después de haberlo encendido.

En términos generales, hablando de todos los Libertadores, me parece que la joya de la corona es, coincidiendo con tantos otros fumadores que lo probaron, el San Andrés. Sin embargo, creo que tanto el Habano y el Connecticut fueron hechos porque se tenían que hacer, pero no buscando un sabor específico, sino más bien que existieran en el vitolario. Al menos esta es la sensación que dan, porque el San Andrés estuvo presente en 3 vitolas versus dos de los demás, pero también porque la liga en general parecía estar hecha para el de capa mexicana y en los otros dos fue más como ponerle otra capa. No obstante, el Connecticut constituye una experiencia agradable, una fumada simpática, pero sin la intensidad de sabores que he venido apreciando (y muchas veces esperando) en cigarros que están ligados con esta capa en mente, así que por demás se siente como el San Andrés, pero más suave y sin los sabores típicos de tierra mojada y chocolate negro. Los sabores que más me llaman la atención en la fumada no parecen haber sido destacados y eso me deja un poco con las ganas.

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