Quizá uno de mis cigarros más peculiares en el sentido de rareza, al menos dentro de los que fumo últimamente, que ya son más «comerciales» que los de hace un par de años que eran ediciones más limitadas. Hoy en día me encuentro más fumando AJ Fernandez, Oliva, My Father y Arturo Fuente, entre otros, y esa época de cigarros desconocidos está quedando atrás, más que nada por un tema monetario y de curiosidad; al final me llaman más la atención los más conocidos, sobre todo porque es más fácil recomendarlos. Tiene más sentido puntuar bien y hacer una lista con cigarros que puedas encontrar en casi cualquier tienda y probarlos que un cigarro que es prácticamente imposible de conseguir y que se convierte en el propio elefante blanco. Pero este The Vince es quizá una excepción, siendo una edición hecha por Blackbird Cigar para Privada Cigar Club y una pequeña red (o sindicato) de tiendas llamada LCA, que venden los cigarros de Privada. Este cigarro fue lanzado en abril de 2021, disponible en una sola vitola: toro 6×50 box pressed.

La liga utiliza una capa San Andrés mexicana bastante irregular, corrugada y áspera, sobre un capote dominicano y tripa de Nicaragua y República Dominicana, con un pie tapado, pero no solo tapado por la capa, sino que tiene un nudo como un rabo’e cochino en el pie, lo cual hace que encenderlo efectivamente sea un reto, pues en las primeras caladas el tiro siempre va a estar apretado hasta que queme ese nudo. Obviamente esto es a propósito para que puedas sentir los sabores intensos de la capa desde la primera calada. En esa capa San Andrés se sienten fuertes aromas a pimienta, durazno deshidratado y cuero viejo, y luego de picarlo con la guillotina en V, la calada en frío no presenta nada precisamente por ese tiro casi imposible.

Pero eventualmente ese nudo desaparece y el tiro se abre mucho más, mostrando sabores muy agradables que comienzan con una fuerte carga de pimienta, pero también incluyen tierra, madera seca, turba, cuero y un retrogusto casi tan intenso de pimienta como el de las primeras caladas. Incluso, me atrevo a hacer el retrogusto tan solo un par de veces porque es bastante intenso al punto de sacarme unas lágrimas. Estoy tomando una coca cola mientras disfruto de este cigarro pero el maridaje no es tan positivo como quisiera, particularmente porque el cigarro carece de las notas de chocolate o vainilla que realzan tan bien con un refresco como este y esa ausencia realza más bien los sabores de tierra que, aunque buenos para la fumada, no son los que más se disfrutan. Una vez quemé el nudo del pie, el tiro es ligeramente apretado, mientras que el cigarro quema con una lentitud increíble y produce una ceniza de bastante solidez.

En el segundo tercio hay una transición importante, pues aunque sigue siendo un cigarro fuerte de pimienta, lo más resaltante ya no es la tierra que sentía tanto gracias al refresco, sino sabores de madera vieja que me recuerdan al olor de una barrica de ron que tiene mucho tiempo sin uso. Los sabores de tierra siguen ahí, pero mucho menos fuertes y acompañados por comino y ralladura de naranja. El retrogusto sigue siendo solo de pimienta, pero no hasta ese punto tan intenso como estaba en el primer tercio. En temas técnicos el cigarro muestra una tendencia a quemar torcido, que es algo que me pasa mucho con los box pressed, incluso este que es más ancho que alto, además que el tiro se va apretando de una calada a la otra, obligándome a darle presión con los dientes cuando le doy caladas a fin de abrir bien ese tiro y poder apreciar a The Vince. Además de esto, la quemada sigue siendo muy lenta y me toma aproximadamente una hora alcanzar la mitad del cigarro.

El último tercio de The Vince no fue tan agradable, principalmente porque la nicotina apareció con una intensidad bastante alta, también porque el tiro se hizo más difícil y creo que llegué a deformar un poco el cigarro por esa presión con los dientes e incluso porque la quemada fue mucho más lenta, algo que sucedió también porque los dos puntos anteriores no me invitaban a darle muchas más caladas. Tuve que darle un retoque finalizando el segundo tercio a fin de corregir la quemada que se rehusaba a arreglarse, pero los sabores de tierra volvieron a ocupar el papel principal del cigarro, mientras que la ralladura de naranja se volvió el más destacado de los secundarios, seguida de clavo y té negro. El retrogusto mantuvo su intensidad de pimienta y su imposibilidad de incluir más sabores, al tiempo que la intensidad se colocó en alta desde la mitad del cigarro y se mantuvo ahí hasta el final. En total, dos horas y 10 minutos de fumada, que en mi opinión, luego de una hora y 40 minutos había dado todo lo que iba a dar.

He visto otras reseñas de este cigarro que destacan sabores que yo simplemente no sentí, ni siquiera porque estaban tan de fondo que no les quise dar importancia, sino que sencillamente no estaban ahí: pan, vainilla, café, maní, avellanas, vino. No quiero creer que me tocó un cigarro malo, porque la experiencia fue buena, los sabores estuvieron fuertes y el cigarro estaba bien estructurado y quemaba bien. Solo que no es el típico cigarro que quisiera fumar más, pero eso tiene más que ver con la intensidad y el disfrute. Pero no deja de ser una experiencia interesante de una marca que tenía fácilmente dos años sin probar.

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