Finalmente tengo la oportunidad de probar otro de los cigarros que prácticamente vi nacer. Junto con José Bello pude ser parte del pequeño grupo de personas que le recomendó a Tavesa los sabores, intensidades y tendencia de las fumadas que conforman la caja de esta edición limitada. En esta ocasión me acerco al Habano en vitola robusto, que es la que elegí para la reseña, pues hay dos cigarros con esta capa pero la verdad es que rara vez tengo suerte con los torpedos y en robusto siempre voy a preferir la fumada. Entre todas las personas que recibieron y adquirieron esta edición, parece ser que por unanimidad se han inclinado por el Capa San Andrés como el preferido, pero yo siempre he sido más parcial hacia las capas Habano, pero puedo entender también que se inclinen por otros, pues visualmente esta capa Habano es bastante imperfecta, con pequeños nudos y protuberancias.

Este robusto es del clásico tamaño 5×50, con una capa de colores variados, venas grandes y pequeñas con relieve y una carencia de apariencia lisa, pero muy al estilo de las capas Habano dominicanas. Sin embargo, aunque no sea la más atractiva, tiene aromas interesantes a madera, bosta, notas florales y un ligero toque achocolatado, sobre todo hacia el pie. En ese pequeño pie hay aromas de caramelo, madera y esa nota de chocolate, mientras que luego de picarlo con la doble hojilla, aparecen notas de madera, paja, cuero y una suave sensación picante. La sensación del cigarro es perfecta, sin ser muy esponjosa ni muy rígida, así que rápidamente me dispongo a encenderlo.

El cigarro enciende bastante uniforme y sin problemas, destacando sabores abundantes con una fortaleza media-baja y sabores a pimienta (apenas un poco), caramelo, madera y sensaciones dulces que relaciono con la melaza. Los sabores dulces en el torpedo los relacioné más con anís, pero en el robusto esa nota simplemente no existe. El retrogusto es de notas florales en ambos cigarros, con la inclusión de un toque de chocolate negro en este robusto y una ausencia absoluta de pimienta en ambos, que es de esperarse siendo un cigarro de origen dominicano. Eso es algo de lo que no soy tan partidario, pues colabora a que el tabaco dominicano sea considerado bastante suave en casi todos los casos. La ceniza es blanca y bastante sólida, sin muchas variaciones del color, y se desprende mucho más adelante de la foto, incluso llegando a la mitad del cigarro, cuando le estoy quitando la primera anilla.

Por supuesto, en mi mente tenía mucho más sentido quitarle la primera anilla antes de tomar la foto, para que se viera más larga, pero por supuesto que con el movimiento desprendí la ceniza y por eso la imagen del segundo tercio apenas si destaca una ceniza de tamaño decente. Los sabores en este segundo tercio son de madera como principal, con sabores secundarios a chocolate, almendras, galletas de soda y tierra mojada. El retrogusto mantiene las notas florales y el chocolate negro, pero la experiencia en el torpedo se hace muy típica en este punto, pues se aprieta bastante el tiro, mientras que en el torpedo se mantiene con las mismas propiedades, quemando a buena velocidad y con una fortaleza que ya supera el punto medio pero no va mucho más allá.

El robusto sigue manteniendo una buena ceniza, incluso en el último tercio, mientras que el torpedo para mantenerse fumable requirió un recorte y un retoque, así que me sigo concentrando en el robusto y los sabores a madera, almendras y chocolate que despide en este último tramo y que, en mayor o menor escala, han sido los que ha mantenido desde el inicio y los que han caracterizado la fumada. En el último tercio sigue quemando muy bien, la intensidad se mantiene en el mismo punto que el tercio anterior y es la pimienta la que aparece más protagónica, dándole una mayor intensidad a los sabores, pero manteniendo la fortaleza del cigarro en donde ha estado desde el tramo anterior. Esta tendencia se mantiene hasta el final del cigarro, que llega una hora y 35 minutos después de encenderlo, cuando ya me está quemando los dedos, pero sin deformarse y sin calentarse.

Hay un dicho que dice que a nadie le parecen sus hijos feos, y esa es la parte menos grotesca del refrán, porque luego se vuelve un poco más escatológico. Aunque muchos de los que han probado estos cigarros de Libertadores Cigars se van por la capa San Andrés, yo sigo insistiendo en la complejidad que aporta una buena capa Habano y en esta liga, pero sobre todo este robusto, esa complejidad se hace bastante aparente. Puede que no sea tan fuerte ni tan intenso ni tan achocolatado como el más oscuro de la casa, pero con su capa Habano no le hace falta y aunque en lo personal me gustaría más fortaleza, hay que tener claro que es un cigarro dominicano y que suelen ser mucho más suaves. Me queda el Connecticut todavía por probar, pero este realmente me cumplió.

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