Como follow-up al Aladino original que lanzó la marca en 2015, la versión de capa madura con San Andrés mexicano fue lanzada en 2017. Luego de una cata bastante constructiva e interesante de whisky escocés que pude dictar en el lounge de Gentleman Brothers, adquirí uno de estos pequeños ejemplares con la intención de fumarlo en el sitio. Sin embargo, el destino se interpuso… en verdad no fue nada tan dramático. Solo me di cuenta que era tarde y preferí irme a mi casa. Al igual que el resto de los cigarros de la marca, este es fabricado por Justo Eiroa en la fábrica Las Lomas, ubicada en Honduras. Como no podría ser de otra manera, tiene hojas Corojo que son propiedad de la finca, en este caso en el capote, con una tripa igualmente hondureña pero sin mayor detalle.

La capa San Andrés es bastante rústica, con varios cambios de color por toda la superficie y una apariencia bastante sólida del cigarro. Se siente casi seco, sin duda alguna por la rigidez característica de la capa, pero luego de inspeccionarlo mejor se nota un poco de brillo sobre ella, como si algunos aceites de la capa hiciesen mejor contraste. Los aromas en esta capa son sutiles, mucho más de lo que esperaba, pero con esas notas de chocolate típicas de la capa mexicana, no tan intenso como suele ser pero más como unas galletas Chips Ahoy, por ejemplo. También hay aromas hacia cremosos, de mantequilla, sobre todo en la capa y en el pie. La calada en frío se siente un tanto apretada, pero los aromas son más intensos y exactamente los mismos de la capa y el pie.

Acostumbrado a los sabores que suelen ser los típicos del tabaco hecho en Honduras, me toma de sorpresa absoluta la intensidad picante con que inicia este Aladino Maduro. La interacción entre los tabacos de Honduras y de México es por demás interesante, intensa y sorprendente, destacando a lo largo de este tercio notas más dulces y achocolatadas, exactamente como los aromas en frío me llevaron a pensar que sería. Incluso, hay más matices de chocolate de lo que esperaba en frío, en donde ese de galletas chocolate chip es el más notable pero también se siente algo como jarabe de chocolate y finalmente una sensación en el paladar como de masa de galletas. La ceniza se sostiene perfectamente y es al final del primer tercio que cae en un solo bloque. La intensidad es media-alta con una fortaleza similar y una quemada a excelente ritmo, con un anillo de combustión ejemplar.

Aunque en los sabores del primer tercio se nota esa interacción entre los sabores típicos del tabaco de ambas localidades, el segundo tercio es de un tabaco hondureño casi al cien porciento. La pimienta sigue teniendo una participación importante, sobre todo en el retrogusto, pero los sabores de tierra y nueces se hacen notar y a medida que el cigarro quema sobre los valles y picos de las imperfecciones de la capa, ese sabor hondureño se hace notar en cada calada. Tiene notas dulces que actúan en lo que se llama el room note, o los aromas que desprende el tabaco una vez encendido y que no se sienten necesariamente en el paladar. Quizá lo que más sorprende en este tercio es el aumento considerable de la sensación picante en nariz por el retrogusto, un tanto más seco de lo que quisiera, pero para lo bien que está quemando el Aladino Maduro, creo que es la intención del master blender así que no se la voy a discutir; el cigarro va muy bien para ponerse con detalles.

El último tercio pertenece a los sabores más típicos de la capa mexicana, destacando los sabores envolventes del chocolate y dándole intensidad in crescendo a los sabores de tierra y dulce, con un trasfondo de pimienta. A mediados del último segmento ese sabor de tierra incluso supera los de chocolate y el cigarro deja de sentirse tan seco como fue en el tercio anterior y me doy cuenta porque siento la necesidad de hidratarme menos constante. El Aladino Maduro sigue quemando a muy buen ritmo, que nunca fue lento pero tampoco pasó con demasiada brevedad y se mantiene frío en mi mano. Luego de una hora y 15 minutos, finalmente lo dejo a un lado cuando una de las caladas me quema, porque era imposible que no lo hiciera.

La capa de este Aladino Maduro realmente era la definición de imperfecta, con una inmensa variedad de colores y muy corrugada, y aunque me dio una fumada de fortaleza respetable, en el último tercio la nicotina comenzó a ser más protagonista y me obligó a fumarlo más lento. No era lo que quería, pero peor hubiese sido fumarlo al ritmo que los sabores envolventes me llevaba y luego caerme de la silla. En cuanto al cigarro, algo curioso con esta combinación de capas es que es un tema de polarización, en donde hay quienes aman o detestan las capas mexicanas vs. quienes aman o detestan los tabacos hondureños. Pero una vez unidos, la experiencia fue extraordinaria y diferente, destacando ambos estilos a lo largo de una fumada que es corta, pero en donde cada tercio fue significativo para cada estilo. Precisamente por eso, el Aladino Maduro puede no ser un cigarro para todos, pero para mí definitivamente sí lo fue.

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